“Lo tienen de punto, le inventan apodos descalificadores y le pegan”, se lamenta Gisela, una madre que sufre la impotencia de ver a su hijo maltratado por sus compañeros de clase. Su hijo Francisco es una de las tantas víctimas del acoso escolar, una práctica cada vez más difundida en el marco de las instituciones educativas.
¿Qué pueden hacer los adultos para evitar que los menores tengan estos comportamientos de hostigamiento?
Obviamente hay que poner límites, graduando la severidad del discurso según las circunstancias. Lo ideal es no caer en el sermón sino de concientizar al niño acerca de las consecuencias de sus actos. Una buena idea es hacerlos razonar con el argumento de la madurez. Este es un aspecto que interpela muy fuertemente a los chicos en lo emocional, fascinados con el crecimiento.
También es siempre efectivo persuadir al niño agresor para que se ponga imaginariamente en el lugar del niño agredido. Luego es conveniente fomentar que el chico se exprese, y de su punto de vista. El diálogo es fundamental para crear circuitos de confianza y compresión sobre situaciones problemáticas.
De nada valdrán los intentos de difundir valores de convivencia y aceptación si el adulto no logra predicar con el ejemplo. Por eso, es clave evitar o minimizar las discusiones entre los miembros de la familia, y sobretodo suprimir las expresiones descalificatorias, que manifiesten signos de intolerancia hacia el otro
El apuntalamiento de la comunicación también se aplica a los chicos agredidos. Algunas de las sensaciones habituales en estos niños son el abatimiento, la irritabilidad, el desdén y la inseguridad. Prestarles un oído y pensar soluciones en conjunto siempre una medida hábil para mediar en los conflictos personales. Lo peor es que el chico se guarde los problemas para adentro, porque de esa forma se va componiendo un espiral de inseguridad e introversión cada vez más difícil de desactivar.
El norte del adulto debe estar fijado en levantarle la autoestima en baja del niño. Hay que ser muy sensibles y cuidadosos en la elección de las palabras para no generar angustia.
Después de una charla profunda y una vez que se advierten signos de reacción emocional en el niño, siempre es positivo buscar momentos de distensión y entretenimiento, hacer bromas livianas o realizar salidas.
Naturalmente, hay que intentar dialogar también con los maestros y padres del niño agresor para buscar soluciones en pos de desalentar la aparición de episodios de bullying.
